El aturdimiento de los irresponsables
El 4 de febrero de 1992, Hugo Chávez hizo su entrada en la escena política
venezolana con un fallido golpe de Estado. El episodio dio paso a uno de los
mitos peor fundados de nuestra historia contemporánea: la responsabilidad de su
protagonista. Proclamando en medios públicos "asumo la responsabilidad de este
movimiento militar bolivariano", Chávez daba inicio a cierto imaginario, a
través del cual se separaba de lo que para la mayoría era la marca de la
política venezolana de entonces: la carencia de responsabilidad. Poco importó
que el propio acto que llevó a Chávez a acudir ante las cámaras (su infructuoso
golpe de Estado), estuviera cargado de irresponsabilidad. Costó la vida de
venezolanos, quebró el principio de sujeción de la actuación militar al mandato
civil, y abrió las puertas a la solución armada a los conflictos sociales.
Sutilezas. Nada comparado con lo que nos tenía reservado.
Desde el inicio del gobierno bolivariano, Chávez no ha hecho sino escamotear
su responsabilidad en los innumerables hechos de ineficiencia, corrupción, falta
de ética y violencia que han caracterizado su gestión. En 14 años no se le ha
escuchado nunca más reconocer su responsabilidad ante una falla o alguno de los
grandes problemas que nos aquejan; siempre la culpa es de otro: del imperio, de
la oposición, del capitalismo, de la naturaleza, de la vida silvestre, de la
ineptitud de sus colaboradores, y hasta de la población, quienes todavía no
terminamos de abrazar el credo socialista que nos llevará a la salvación,
empeñados como estamos en soñar con banalidades capitalistas tales como servicio
eléctrico sin cortes y vialidades en buen estado.
Como sabemos, cada ladrón juzga por su condición. Por ello el desconcierto en
las filas chavistas ante la respuesta opositora al video en el que Juan Carlos
Caldera aparece recibiendo dinero para su campaña. La intransigencia inmediata
de Radonski al acto irregular de uno de sus más cercanos colaboradores, y la
disposición de Caldera a someterse a investigación, han desubicado por completo
al régimen. Las declaraciones del presidente y sus acólitos no hacen sino
evidenciar su confusión: ora disculpan a Caldera, ora lo culpan; ora dicen que
no se le dio el beneficio de la duda, ora lo condenan. Está claro que una
respuesta responsable, que diera la cara, no era lo que esperaba el chavismo.
Acostumbrados como están a esconderse y apuntar a otra parte, olvidaron lo que
la población en alguna oportunidad creyó ver en ellos: personas que actuaran
guiados por principios y que asumiera las acciones que estos implican. Cegados
de irresponsabilidad, le han dado la espalda a esa Venezuela mayoritaria que
cree que la ética no es un estorbo y se ve representada en la opción que hoy les
ofrece la oposición.

