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BIOGRAFIA:
Recien llegaba de Argentina; los primeros meses del verano del 2006, con la idea irreductible de formar una banda de rock. La experiencia de haberme sostenido casi un año, mientras viajaba, tocando guitarra y cantando, me daba valor.
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Lo primero que hice al llegar fue contactar a un antiguo compañero de escenarios, Felipe Soto W. primer baterista de Los Clementes. El tipo tenia una sala de ensayos en Valparaíso y se decia amante de la música. Ahora sólo faltaba el bajista, creía yo.
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Después de un par de meses de busqueda, dimos con el bajista indicado. Fernando Perez Vignoli. La noche que lo llamé, no sabia ni siquiera si tenia el instrumento; solo tenia un vago recuerdo de él en las clases de guitarra que nos impartia el buen Isidro Cortes, hace ya tantos años. Fernando aceptó mi invitación de inmediato y de muy buena gana, me dijo que si tenia un bajo y quedamos de juntarnos en los días posteriores.
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El día de nuestra reunión, comparecí en la casa de Fernando con una guitarra y un amplificador pequeño. La idea era mostrarle algun tema representativo mio, para ver de donde venia la cosa. Por esas vueltas del destino, estaba con nosotros esa noche (un par de meses tardaría en saberlo) otro protagonista de esta historia; Fabián Soto. Entonces me pare frente a los dos y les toqué un tema, no me acuerdo cual, pero ahí empezó todo.
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Al mes, teníamos algo así como veinte minutos de repertorio. No éramos buenos pero tampoco éramos malos. Hacíamos un rockabilly harto bailable, y nos presentábamos a menudo en locales de música alternativa en Valparaíso, junto a otras bandas porteñas como “Karnate”, “Tétrico”, “Las maniquí” etc…
Por aquellos días, una tía de Fernando le prestó una casita en una población de Limache. Fabián y yo prácticamente vivíamos ahí. Teniamos nuestras guitarras acústicas y pocas cosas mas. Escuchabamos a Los Beatles, Los Doors, Django Reinhard, Los Redonditos de ricota, sumo, Bowie…
Fabián era el único de nosotros que sabia leer música. Lo escuchaba tocar y sabía que seria un gran aporte para nuestra misión. Así que le pregunté un día si quería ser el cuarto a bordo, y me dijo que si. La idea me estimulaba, siempre me gustó como sonaban las bandas con dos guitarras; siempre me gustó el numero cuatro.
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Fue en esa casa donde nos descubrimos musicalmente (Los problemas con los vecinos eran un mal menor, hasta que se metieron en la casa y se robaron un bajo). Fernando habia escuchado vastamente a los Pink Floyd; tenía un tatuaje de king crimson, y habia experimentado antes en bandas psicodélicas y de Punk Rock. A Fabián le apasionaba el jazz; a veces llevaba sus partituras y nos las enseñaba: “ Blue Monk” “A night in tunisia” “Sweet Georgia Brown” “All of me”
Ellos dos se conocían de hace tiempo; la música se encargó de juntarnos.
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Avanzábamos lentamente, los continuos y numerosos compromisos de Felipe, le impedían rendir lo que esperábamos de él. La universidad, la polola, otras bandas , etc.
Un día, cansados de aquella situación y de los malos ratos que nos acarreaba, especialmente a mí, fuimos a Valparaíso con Fernando hasta la sala de ensayos de Felipe. Le dimos el corte definitivo, cargamos nuestros equipos, le deseamos suerte a nuestro ex batero, y nos fuimos de allí extrañamente aliviados. No teníamos donde ensayar y estábamos incompletos. Eso me dolía más que otra cosa. Recuerdo que una de las últimas cosas que nos dijo Felipe fue: “Pero supongo que no se van a seguir llamando: Los Clementes…”
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Después de un dramático periodo de inacción, en el que se compusieron algunas canciones y se tocó a la luz de la luna, a veces sólo para sentir que no se perdía el tiempo; contactamos a un antiguo compañero de bandas de Fernando: Sergio Espinoza.
El muchacho éste, cursaba el primer año de conservatorio en batería por supuesto, y movía la guitarra, y le gustaba cantar.
Sergio tenía en su casa una piecita donde ubicaba su batería, y donde podríamos ensayar sin problemas, en horarios prudentes.
Así pasamos el invierno.
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Yo escribía las letras de las canciones en la pared de la piecita donde ensayábamos, para que Sergio se las aprendiera. Ahí estaban: “Dicen que el ego” “El Rock del manicomio” “Ornella”
“Ravioles con sangre italiana” “No confíes” todas las compuse en sociedad con Hugo Lepe, un escritor de por aquí que ha editado un par de libros sucios y no tanto. Hacer canciones conmigo, fue para él su vuelta a la poesía. A ambos nos gustaban los escritores beatnicks, la obra de Jim Morrison, y aprendíamos de Serrat y de otros trovadores de habla hispana, también de las historias de la música ranchera. Lo absorbíamos todo.
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A esta altura teníamos un repertorio interesante; habíamos conseguido mezclar con buen gusto el rock and roll, el blues, La música de western, con sus solos de guitarra desoladores de la mano de Fabián, cultivábamos el mesmerismo (aún lo hacemos) en nuestras canciones, sin olvidar que hacíamos música de negros, de esclavos; sin olvidar el espíritu, el ritmo, la alegría.
Nos gustan los bajos que se te meten entre los huesos y los músculos y te hacen bailar; que las canciones nos digan cosas verdaderas, que sean nuestras historias, que la música nos revele un pasado o un futuro desconocido. Nuestra idea de abismo. Nuestra canción de despedida, de bienvenida, de cuna, de guerra, nuestra canción personal y secreta. Las cadencias de la libertad.
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