Un día desperté y salí a pasear. A la vuelta de una de esas típicas esquinas descubrí que las canciones flotaban en el aire, así que agarré una guitarra que venía caminando y comencé a rescatarlas. Desde entonces pongo especial atención a las copas de los árboles y de los bares, a las bancas de las plazas y a las tazas de café si azúcar, a las escalas y escaleras, a los ascensores y descensores, a las luces de las ciudades y de las luciérnagas, a un gato que se llama Gregorio y es de peluche, a los semáforos y los fósforos, a las nubes y las nuevas naves…
En todos lados se esconde una canción.
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